15 jul. 2013

San Lorenzo se llama Lorenza

Hay lugares donde la clase social, el nivel económico, nuestra raza, religión o cultura no son condicionantes para recibir ningún trato de favor con respecto a los demás. 

En la sanidad publica uno no elige nada. Está todo protocolizado y estandarizado. Lo que importa son las personas y sus enfermedades. Somos un número de expediente con un historial medico que recorre cada planta según el especialista que lo solicite y convivimos bajo la decisión de un parámetro que acopla enfermedad, edad y diagnostico.

Las personas que llegan a una planta de este "Resort" llamado Hospital Universitario de San Juan son ubicadas normalmente por sexo y edad. Así una persona joven no estará con una persona anciana como tampoco existen habitaciones mixtas. (Cahisssss...... eso lo cambiaría yo jajajaja). Dentro de cada planta y cada especialidad también existen habitaciones individuales. A ellas es mejor no llegar, no son ni mucho menos un privilegio, sino todo lo contrario. Estas habitaciones son sinónimo de supervivencia. Y muy a mi pesar, vi familias rotas por la perdida de quien habitaba esas pequeñas suites.

Como ocurre en cualquier actividad de grupo, es necesario hacer sentimiento de pertenencia y esto comienza por ponerte una pulserita identificativa y facilitarte un pijama bien de color naranja (los mas actuales que te convierte en una bombona de butano andante) o azul (los de toda la vida y mas desgastados). 
Es inusual encontrarte a pacientes con sus propios pijamas, aunque haberlos haylos y en algún momento yo también me puse el mio de lunares.

Había tenido ya tres compañeras de habitación, la primera nuestra amiga argelina que solo hablaba francés y tenía cáncer de pulmón, la segunda a María le diagnosticaron un cáncer de útero y con ella viví nuestro triunfo como campeones del mundo de fútbol y por ultimo una madre muy jovencita Lorena que llego con una infección en el riñón y que paso todos los días llorando como una cría por estar viviendo aquella situación sin haberlo esperado.

Lorena había convivido conmigo tres días en la habitación 4109, ella lloraba y yo le animaba. Su matrimonio no andaba muy bien y su niña de tres añitos llevaba cuatro días sin verla. Aquella situación la mantenía en un estado de pena permanente. La higiene no era una cualidad que tuviera bien aprendida, tal vez eso hubiera sido el condicionante para tener que estar allí. Aquella tarde le diagnosticaron una infección contagiosa que se iniciaba en sus partes intimas y que se había extendido al riñón con un grado alto de gravedad.  El protocolo decidió que nos separaran y ella quedara en aislamiento. Nadie podía entrar en la habitación sin consentimiento medico, y el que lo hiciera, debía ir con mascarilla, bata y patucos como los de quirofano. 

He hablado aquí de nuestro "enano cabrón" ¿No? esto me daría para otro post así que seguiré con este. Mi enano cabrón, el que me habla desde la negatividad,  el miedo y las inseguridades, el mismo que suele hacer presencia en el momento más inoportuno empezó a hacerme preguntas  ¿Y los tres días que has compartido todo con ella? ¿te habrás contagiado? Ahora de nuevo y por cuarta vez tendrás que sacar la mejor de tus sonrisas y solo Dios sabe con quien te pondrán ahora
Y tu ¿tienes tu enano cabrón? al mio lo voy educando jajajaja

Sigamos.
Tener un espacio llamado habitación en un hospital es igual a comprar un cartón en un Bingo. Sabes que todas las posibilidades como los números están dentro del bombo pero tu solo quieres que te salgan los tuyos, es la única forma de poder cantar linea o bingo. Tu has elegido tu cartón de una forma inconsciente con el deseo de que solamente quieres estar en paz, estar con alguien con quien conectes, para que la convivencia sea más llevadera. No quieres ni buscas mas. No buscas amigos, aunque luego alguno lo sea, no buscas tener un confidente, aunque luego las palabras fluyan por la fragilidad del momento. No buscas aunque al final siempre encuentras.

En 15m cuadrados que puede tener una habitación con baño incluido, tienes que convivir y solo pueden pasar dos cosas: que finalice tu tiempo de convivencia sin saber nada absolutamente nada de la persona que ha estado a tu lado y seamos claros, que ha "meado" en el mismo lugar que tu o que termine contándote sus mayores miedos y como consecuencia su vida. Porque un hospital aunque no lo parezca es el lugar donde mas nos desnudamos emocionalmente con un desconocido. Y si ese desconocido tiene la cualidad de escuchar, callar y sonreír  las historias fluyen solas. 

Y ahí estaba yo, de nuevo recogiendo todas mis pertenencias para salir de una habitación infecciosa 4109  y trasladarme dos mas a la derecha. La habitación 4111 me esperaba con un Sol radiante como San Lorenzo en pleno mes de agosto. Estábamos a principios de julio y faltaban todavía 30 días para que calentara a pleno rendimiento. Mi cama se ubicaba a el lado de la ventana y justo a mi lado estaba Lorenza. Si Lorenza. Y con ella la habitación brillaba mas, mucho mas.

Recuerdo perfectamente las palabras de mi enfermero Rafa. "Normalmente os ponemos con gente de vuestra edad. Lorenza es una persona mayor, pero no te preocupes, no huele, es muy limpia y sobre todo es muy muy buena, Lorenza es especial y tu le darás mucha vida "


Lorenza era una joven de ochenta y tantos. Nunca supe los tantos, tampoco me importó. Tenía mil males diagnosticados, uno detrás de otro, que la tenían en cama la mayor parte del tiempo entre otros motivos porque a pesar que era recomendable que se levantara un poquito por la mañana y otro por la tarde, no tenia a nadie que pudiera acompañarla. Solo una visita fugaz cada mañana de su nuera y otra de noche de uno de sus hijos, era el único acompañamiento durante esos días iniciales.

Y así, sin yo saberlo, tuve que eliminar todos mis prejuicios y creencias en el tiempo que tardas de ir de una habitación a otra. (He tenido tres abuelitas que he querido con locura. Por experiencia sé que la vejez unida a medicinas no es el mejor coctel para un cuerpo que va evaporándose. Siendo honesta, los olores para las personas que tenemos desarrollado el sentido del olfato a máxima potencia, son recuerdos no gratos, ni tampoco con ganas de volver a vivir).

Cuando entré en la habitación su mirada brillaba más que el Sol de tarde que entraba por la ventana. Una leve sonrisa y una voz sin energía aunque alegre me dio la bienvenida. Lorenza estaba sola. Como según ella había estado a lo largo de su vida a pesar de tener dos hijos. Era la hora de la merienda y sin darme cuenta, me senté en el borde de su cama, le miré a los ojos y le pregunté ¿merendamos? Lorenza me contestó con una sonrisa, dándome la aprobación para que pudiera darle el café con leche con que nos deleitaban  aquella tarde de verano en nuestro résort.

Así pasamos los siguientes doce días. Lorenza fue mi oxigeno hasta que recibí mi diagnostico. Desayunábamos, comíamos y cenábamos juntas, aunque por las noches siempre nos acompañara su hijo. Hablamos de la vida. De lo divino y de lo humano. Reímos,  bailamos y dimos vida a aquella habitación hasta aquella tarde del día 6 de julio que me dieron tan grata noticia. Aquella tarde, me rompí al decírselo a mi hermano, y al quedarme sola en la habitación junto a Lorenza, lloré. Lorenza me escuchó llorar incesantemente hasta que escuche sus palabras. "No llores, eres joven, fuerte y la vida no será cruel contigo, ten fe" Sus palabras fueron el único y el mejor consuelo que tuve en ese instante para darme cuenta, que no era ni el lugar ni el momento. Lorenza no se merecía verme sufrir.

Así conocí a Lorenza y así recordé de nuevo, que cuando etiquetamos, directamente limitamos. Cuando limitamos desperdiciamos, perdemos, abandonamos, oportunidades. Y si estas oportunidades existen, automáticamente se desvanecen por nuestro principio primario de juzgar en base a nuestra experiencia y que muchas veces nos ha enseñado lo equivocados que estábamos en algunos momentos.

Es difícil mantener la mente abierta. Llevamos demasiadas capas incorporadas que no hemos sabido eliminar. Nos hemos olvidado de lo que hacíamos de pequeños, cuando eramos aventureros intrépidos buscando quien o qué había detrás de cada una de nuestras curiosidades. Entonces teníamos la capacidad de recibir sin cuestionar y ahora cuando la experiencia nos aporta mucho mas, no sabemos aprovechar lo aprendido limitando casi todo de forma inconsciente. ¿Porqué hacemos de una forma automática clasificar, catalogar, organizar o separar nuestras creencias y decidir bajo prejuicios? Vaya aprendizaje estúpido vamos adquiriendo.

Y así el hecho de cambiar de habitación, de cambiar de compañera de una forma asidua y constante, me dio una lección. Me guste o no, habrá situaciones cotidianas donde todo vaya cambiando alrededor o simplemente sea yo la que cambie. Si tengo la habilidad de adaptarme a un espacio menor de 15m y a las personas que allí conviven y son desconocidas para mi. Puedo extrapolar este aprendizaje a mi vida diaria.

Para que un enojo, un cabreo, un mal momento porque las cosas no surgen como nosotros esperamos. La vida fluye y saber rezumar con ella es saborearla con toda su intensidad.

Yo no puedo cambiar de habitación aunque si puedo mimetizarme con ella. Yo no puedo elegir quien me acompaña sin embargo si puedo descubrir a la persona que comparte ese espacio conmigo. Yo no puedo ni quiero mantenerme en la queja, solo quiero seguir siendo esa "cabra montesa" como me decía mi madre en mi niñez y seguir aprovechando la vida, aunque ésta sea muy perra y me lo ponga muy difícil.

Y así es, aquella tarde conocí a Lorenza, aquella tarde canté Bingo.

Begoña

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